Un maestro de verdad
Todavía recuerdo aquel castigo que nos impuso por haber ido a beber agua sin permiso: hacer unos ejercicios del cuaderno de matemáticas en la cuesta del colegio de mi pequeño pueblo. Una escuela rural que estaba formada por un conjunto de tres centros rurales agrupados. Para él era un castigo, para nosotros era la vida salir al patio del recreo a hacer matemáticas tumbados en el suelo.
Éramos diez en clase aunque creo que a veces parecíamos el doble o incluso el triple, pues es que en la escuela rural hay un metodología tan variopinta que nunca sabes cómo iba a ir la jornada de cada día. Ni tampoco lo difícil que te lo iba a poner tu alumnado ese día. Alumnado movido, nervioso e inquieto que tenía una confianza y trato especial con el docente. Casi nada.
Recuerdo cuando llegó, vino a sustituir a la profesora Ana. Él era un chico joven, altísimo y con una sonrisa que nos contagiaba alegría. Venía de un pequeño pueblo de Teruel que ninguno conocíamos. Como probablemente le pasara a él con el nuestro. Llegó, le acogimos como si fuera su casa y le dimos entre madres, padres y alumnado, el calor que necesitaba. Éramos una familia.
Su casa estaba próxima a la escuela, dentro del patio del recreo incluso. Todavía recuerdo aquellos primeros días cuando le espiábamos por su ventana después de salir del colegio. Así día a día. Hasta aquella tarde que nos esperaba tras su puerta y cuando estábamos cerca de ella, él abrió, nos dio un increíble susto y nos invitó a jugar un partido de fútbol en el patio.
¡Qué más queríamos nosotros! Esa fue nuestra rutina de cada tarde, ir a jugar con José Antonio al patio del recreo.
Él fue maestro dentro y fuera de la escuela. Nos dio cariño, confianza, diversión y un sinfín de contenidos que hoy nos ayudan a desenvolvernos en nuestra vida. Fuimos una piña. Fuimos un equipo. Él nos hizo sentir eso. Todos fuimos uno.
En clase, lo recuerdo como un gran docente. Se había ganado nuestra confianza, éramos pocos en aquella clase y en el ambiente se notaba. Guardo un sinfín de recuerdos y buenos momentos pero sin duda el que más me gusta recordar es el cómo nos facilitaba poner la fecha cada día a quien le tocaba. A veces nos cogía en hombros, otras nos ponía retos, nos hacía saltar mientras escribíamos con letra ilegible el día en el que nos encontrábamos o nos hacía subirnos a una mesa o una silla. Un sinfín de formas en las que comenzar el día riéndonos. Así todos los días.
Otra de ellas eran los divertidos momentos de guitarra. Ella siempre le acompañaba. Siempre era buen momento para sacar su guitarra y hacernos cantar distintas canciones que ya sabíamos o que nos íbamos aprendiendo al escucharlas cada día. “Sólo le pido a Dios” es una de esas que tengo que escuchar a día de hoy con los ojos cerrados. Me transporta a esos días. Sentados en círculo en el patio del colegio y cantando al unísono. Letra con un gran aprendizaje de vida, por cierto.
Mi cuarto curso de Educación Primaria fue uno de los más divertidos que recuerdo todavía. Él fue la esencia de lo que soy hoy en día. Maestra. Delicada, divertida, agradable, confidente, comprensiva, de dar confianza, cariño y de dar a cada uno lo que necesita para potenciar su máximo desarrollo. Sin duda y sin nosotros saberlo, él nos dio lo mejor de sí mismo para hacernos ser las personas en las que hoy nos hemos convertido. Y eso es algo impagable.
Se quedó hasta final de curso. Creo que es el único año en el que no me hubiese importado que el verano llegara más tarde. Nosotros queríamos agradecerle con nuestro cariño y algún que otro obsequio todo lo que nos había enseñado. Todo lo que habíamos vivido.
Así que teníamos un plan. Nos reunimos todos los de clase para ir a la única tienda del pueblo que por aquel entonces llevaba mi querida Maribel. Allí había de todo lo inimaginable así que seguro que encontrábamos algo para regalarle a nuestro profesor.
Maribel con su delicada paciencia nos enseñó un sinfín de cosas. Nos decantamos por esas que estaban marcadas con un “Recuerdo de Velilla”. Qué mejor regalo que algo que lleva grabado el nombre de nuestro pueblo. Bueno, pues bien, nos llevábamos todo lo que nos sacó. Platitos de cerámica, juegos de aceitera y salero, vasitos de cristal, un llavero, un botijo, o dos, ya no lo recuerdo… Todo lo que allí había y estuviera marcado con ese “Recuerdo de Velilla” se lo hicimos llegar a José Antonio.
El objetivo era claro: que se acordara de nosotros. ¿Qué mejor forma de hacerlo que regalándole un sinfín de “tarros” para la bodega de su casa? Si tenía, que eso no lo sabíamos, pero nos lo habíamos imaginado así.
Llegó junio y con él el último día de colegio, así que la despedida estaba más cerca que nunca. Hicimos fiesta de final de curso en la que invitamos a padres, madres, abuelos y abuelas. Nuestros días con aquel profesor que nos había regalado tanto se acababan, al igual que tristemente lo tiene que hacer este relato que tantos recuerdos imborrables y sonrisas me ha sacado.
Es difícil desempeñar el papel de docente en una escuela rural escasa de recursos, por eso considero que sacando y regalando lo mejor de sí mismo, con las mejores intenciones, se facilitan mucho las cosas. Él supo hacerlo. No necesitaba nada para enseñarnos todo. Dejar a un lado lo material para tener la libertad de ser uno mismo.
Mapi Nicolás Continente.
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