Un maestro de verdad
Todavía recuerdo aquel castigo que nos impuso por haber ido a beber agua sin permiso: hacer unos ejercicios del cuaderno de matemáticas en la cuesta del colegio de mi pequeño pueblo. Una escuela rural que estaba formada por un conjunto de tres centros rurales agrupados. Para él era un castigo, para nosotros era la vida salir al patio del recreo a hacer matemáticas tumbados en el suelo. Éramos diez en clase aunque creo que a veces parecíamos el doble o incluso el triple, pues es que en la escuela rural hay un metodología tan variopinta que nunca sabes cómo iba a ir la jornada de cada día. Ni tampoco lo difícil que te lo iba a poner tu alumnado ese día. Alumnado movido, nervioso e inquieto que tenía una confianza y trato especial con el docente. Casi nada. Recuerdo cuando llegó, vino a sustituir a la profesora Ana. Él era un chico joven, altísimo y con una sonrisa que nos contagiaba alegría. Venía de un pequeño pueblo de Teruel que ninguno conocíamos. Como probablemente le pasara a ...